Columnista Invitado 2 junio, 2023 | Hace 2 años
El grado de virulencia que alcanza el discurso presidencial no sólo es inédito, incluso para los niveles ejercidos en este sexenio, sino que también es incomprensible. El Presidente parece tener una prisa inusitada y una decisión de acabar con cualquier obstáculo que se presente en su camino y ha decidido que los medios, pero, sobre todo, los periodistas, seamos sus grandes enemigos, a falta de opositores reales, partidistas o empresariales, con los que poder confrontarse.
Es incomprensible porque, por lo menos hoy, nada parece poner en riesgo la permanencia del gobierno de Morena en 2024. Mientras en el oficialismo el debate pasa por definir quién será el candidato o candidata de Morena, luego de una precampaña, de hecho, de más de año y medio, en la oposición no se terminan de poner de acuerdo siquiera en si habrá o no alianza, qué método se utilizará para elegir candidatos y mucho menos queda claro quiénes serían los posibles aspirantes. Son tantos que no es ninguno.
Pero el presidente López Obrador está inquieto. A pesar de las tendencias electorales, algo no está como quisiera. Hay para ello algunos datos objetivos: la refinería en Dos Bocas está lejos de estar terminada para este año y su costo es ya superior al triple de lo presupuestado, primero se dijo que costaría 6 mil millones de dólares, luego, 8 mil, y hoy asciende ya a más de 17 mil millones de dólares. El Tren Maya avanza con dificultades por los amparos de los grupos ambientalistas, pero también por las decisiones sobre construcción y trazo, decididos luego de muchas marchas y contramarchas en su tramo principal, el que va de Cancún a Tulum. Y los costos también se han disparado.
El Corredor del Istmo ha requerido, para avanzar más de prisa, la virtual expropiación del tramo de Ferrosur, sobre el que ayer se llegó a un acuerdo con Grupo México, que decidió negociar antes de ir a una disputa con el gobierno federal. Y apenas están comenzando las licitaciones para los corredores industriales. Quizás antes de que termine el sexenio se inaugurará una vía férrea que, en los hechos, aunque muy dañada, ya existía, pero el corredor como tal está muy lejos de ser una realidad. El Aeropuerto Felipe Ángeles languidece, entre otras razones, porque no terminan las obras de conexión y porque dos años después seguimos en Categoría 2 en aviación civil, y nada parece que vaya a cambiar en el corto plazo.
La economía no crece, apenas se pronostica un 2.3 para este año y ni siquiera recuperamos los niveles económicos de 2018. El 2024 y el 2025, dicen los especialistas, serán muy difíciles. La dependencia de las remesas es cada día mayor. En Estados Unidos hay elecciones convergentes con las de México y cuatro temas concentrarán la atención en forma muy negativa para nuestro país: la migración, el tráfico de fentanilo, la agricultura con la prohibición en México del maíz genéticamente modificado y la utilización de glifosato, además del tema energético.
Pero quizá lo que más preocupa en Palacio Nacional es la relación y las reacciones de Estados Unidos. Se ha iniciado una suerte de estrategia defensiva acercándose a China o Rusia, incomprensible en un país que tiene más del 80% de su comercio exterior con Estados Unidos, con un grado de integración, en todos los sentidos, enorme.
Hay preocupación en Palacio sobre Estados Unidos y en ese país hay preocupación sobre el devenir de México.
No es sólo economía. Observadores estadunidenses ubican, con razón, el agudizamiento del discurso presidencial y la virulencia de algunas de sus políticas, con el inicio de este año, que comenzó, recordémoslo, con la detención de Ovidio Guzmán López en Jesús María, en Sinaloa, los primeros días de enero.
Eso fue horas antes de la visita de Joe Biden a México. Cuando arribó Biden al Felipe Ángeles, desconociendo la norma del Servicio Secreto (por un pedido del presidente López Obrador, que quería que aterrizara allí y no en el aeropuerto internacional), se dio un hecho inédito: el presidente Biden invitó a hacer el viaje hacia la Ciudad de México al presidente López Obrador en su vehículo oficial, apodado La Bestia, que lo acompaña en cualquiera de sus recorridos. Ese vehículo está equipado con todo tipo de mecanismos de seguridad y cuenta con opciones de enlaces e impermeabilidad de comunicaciones que pueden ser similares, incluso, al del Air Force One. Es una fortaleza terrestre. Si alguien quiere comunicar algo que quede en el más estricto secreto, ése es el lugar ideal.
Por norma de seguridad, son muy pocos los funcionarios que pueden viajar en La Bestia: además del presidente, el jefe del Estado Mayor y el secretario de Defensa, sólo un grupo muy pequeño y seleccionado. Si aquí llamó la atención que el presidente López Obrador haya sido invitado a subir a ese vehículo, en Estados Unidos mucho más. Y especulan sobre qué tenía que decirle Biden a López Obrador, en el lugar menos espiable del mundo, tan en privado, que lo invitó a acompañarlo en ese vehículo, en un gesto que se apartó completamente de las normas de seguridad.
De qué hablaron, qué informó o presentó Biden, se preguntan del otro lado de la frontera. Tiene que haber sido, dicen, algo muy delicado. Y se interrogan también si la virulencia y prisa presidenciales tienen relación con ese recorrido en La Bestia.